Cardo,
tu que has visto mi desconsuelo
cuando por las noches sin estrellas
salgo a vagabundear
por las arterias rotas del camino.
Me confundo con tu mirar
cuando acaricias con tus púas
mis carnes desnudas,
en tu sonrisa queda prendida
la sangre de mi herida.
¡Qué sola es tu vida!
Aún así,
con esa vida áspera y reseca,
con tu cuello siempre erguido,
con el color violeta de tus carnes
encantas mis penas.
Mis angustias van padeciendo
con tus llamaradas blanquecinas
que enceguecen mi mirada,
y como tu, me resigno
a la espera.
Junto florecimos en la quebrada,
en un camino polvoriento
recibiendo solo la caricia del andrajoso
que soporta con su frente humillada
el dolor que producen nuestros cuerpos
lunes, 24 de septiembre de 2007
martes, 4 de septiembre de 2007
mis poemas
LOCURA
Por escribir, dicen que estoy loca,
por ir desatando las cadenas
de la envidia y el rencor
mi mente se ha perturbado.
¿Acaso no todos tenemos instantes
de locura?
El polvo roba el día,
lo oscurece, lo torna gris,
lo decora con pinceladas negras.
Le escribo al amor
y con fuego ardiente
voy tallando en el alma
un te quiero.
Como hojas caídas en otoño,
arrastrada por las olas del mar
navego al compás de la sinfonía
cuarenta de Mozart,
me inspiro en el cielo,
en la roca que yace desnuda,
en las algas que envuelven mi melodía.
Por mi ventana se filtra el frío,
yazgo enferma, empapada de sudor,
afuera el susurro del viento
quiere robarse el cuerpo loco del poeta,
llevárselo a cuesta por el camino dormido,
sepultarlo bajo el álamo
y por fin acallar las locuras
de mis versos.
Quizás el viento pueda aplacar mi voz,
quizás la noche pueda cubrir de negro
a la musa inspiradora de mi silencio,
allí, setenta y dos coros de ángeles
lloraran mi partida.
¿Quién? sino el poeta descubre las cosas
bellas que están bajo el sol
¿Quién? sino el loco
admira la belleza del murciélago
al volar,
¿Quién otro puede admirar en una noche
sin estrella a la lechuza cantar?.
En fin, que estoy loca por escribir,
¡claro que sí1!.
Por escribir, dicen que estoy loca,
por ir desatando las cadenas
de la envidia y el rencor
mi mente se ha perturbado.
¿Acaso no todos tenemos instantes
de locura?
El polvo roba el día,
lo oscurece, lo torna gris,
lo decora con pinceladas negras.
Le escribo al amor
y con fuego ardiente
voy tallando en el alma
un te quiero.
Como hojas caídas en otoño,
arrastrada por las olas del mar
navego al compás de la sinfonía
cuarenta de Mozart,
me inspiro en el cielo,
en la roca que yace desnuda,
en las algas que envuelven mi melodía.
Por mi ventana se filtra el frío,
yazgo enferma, empapada de sudor,
afuera el susurro del viento
quiere robarse el cuerpo loco del poeta,
llevárselo a cuesta por el camino dormido,
sepultarlo bajo el álamo
y por fin acallar las locuras
de mis versos.
Quizás el viento pueda aplacar mi voz,
quizás la noche pueda cubrir de negro
a la musa inspiradora de mi silencio,
allí, setenta y dos coros de ángeles
lloraran mi partida.
¿Quién? sino el poeta descubre las cosas
bellas que están bajo el sol
¿Quién? sino el loco
admira la belleza del murciélago
al volar,
¿Quién otro puede admirar en una noche
sin estrella a la lechuza cantar?.
En fin, que estoy loca por escribir,
¡claro que sí1!.
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