LOCURA
Por escribir, dicen que estoy loca,
por ir desatando las cadenas
de la envidia y el rencor
mi mente se ha perturbado.
¿Acaso no todos tenemos instantes
de locura?
El polvo roba el día,
lo oscurece, lo torna gris,
lo decora con pinceladas negras.
Le escribo al amor
y con fuego ardiente
voy tallando en el alma
un te quiero.
Como hojas caídas en otoño,
arrastrada por las olas del mar
navego al compás de la sinfonía
cuarenta de Mozart,
me inspiro en el cielo,
en la roca que yace desnuda,
en las algas que envuelven mi melodía.
Por mi ventana se filtra el frío,
yazgo enferma, empapada de sudor,
afuera el susurro del viento
quiere robarse el cuerpo loco del poeta,
llevárselo a cuesta por el camino dormido,
sepultarlo bajo el álamo
y por fin acallar las locuras
de mis versos.
Quizás el viento pueda aplacar mi voz,
quizás la noche pueda cubrir de negro
a la musa inspiradora de mi silencio,
allí, setenta y dos coros de ángeles
lloraran mi partida.
¿Quién? sino el poeta descubre las cosas
bellas que están bajo el sol
¿Quién? sino el loco
admira la belleza del murciélago
al volar,
¿Quién otro puede admirar en una noche
sin estrella a la lechuza cantar?.
En fin, que estoy loca por escribir,
¡claro que sí1!.
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